Siempre que se entienda, quizá no sea un problema escribir ni hablar mal. El contexto y algo de esfuerzo pueden ayudar a "traducir" los mensajes.

Pero cuando se trata de "contenidos" corporativos, la situación se vuelve perentoria. Podemos habernos acostumbrados a los gazapos en los diarios impresos o digitales. Jefaturas en plantas de producción de cualquier industria no son muy competentes a la hora de escribir. Miríadas de emails de empleados administrativos prueban que la lectura no es una práctica común y que la escritura cualificada, su efecto subsecuente, menos aún.

Cuando la comunicación interna no se hace pública, los textos mal redactados no van aparejados a sanciones. Pero si la documentación de la empresa, esa a la que acceden los certificadores de calidad, consignan incorrecciones o incoherencias, la situación cambia. El ámbito de lo privado ha sido rebasado y el prestigio de la empresa queda en entredicho.

Allí es donde y cuando opera personal con habilidades específicas para solucionar los problemas.

Ese es, por cierto, nuestro trabajo.

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